Fran Rubio

PEPE TOÑO A DEGÜELLO

Han inventado un ser mitad planta, mitad goma. Se le ha instalado 45 bits de memoria, se le ha implantado capacidad para elaborar frases de dos palabras ininterrumpidamente durante cinco días y se le ha incorporado una cabeza prensil, con el fin de que pueda desplazarse cómodamente por barandillas preferiblemente metálicas. Se distingue de los conejos de monte en el color (azul metalizado), en la movilidad (mucho más limitada) y porque se le ha cosido un gorro amarillo a la cabeza. Vale 30 euros. ¡Ya sé, se lo compraré a mi hijo por su cumple! Si los conejos no fuesen tan sumamente peligrosos, ya le habría regalado uno. Pero bueno, me conformo con el sucedáneo, que también es vistoso por si un día vienen unos familiares a casa que nos prestaron un dinero hace dos años pero yo ya les dije varias veces que me rozasen con alambres varias veces.
 

Al final se los he comprado todos a un viajante:


—¿Cuánto vale este pepetoño?
—Treinta euros
—¿Y si me llevo todos?
—Treinta euros también
—¿Por qué hace eso, no quiere ganar unos dineros?
—Claro que quiero, pero tardaría tanto en empaquetárselos que la angustia resultante, unida a la cantidad de horas que tendría que robar al sueño, no compensaría las ganancias obtenidas por la venta repentina de VEINTICINCO MIL PEPETOÑOS con sus envoltorios y accesorios. Pero como no puedo negarme a vender pepetoños, ya que se lo prometí a mi querido padre en su lecho de muerte (en el que por cierto permanece sin variaciones apreciables en su estado físico y anímico desde hace muchísimos años), se los vendo todos al mismo precio. Mi padre se sentirá orgullosísimo y podrá ya morir en paz. Eso sí, se los doy sin envolver.
—Pero yo no soy un asesino
—Ahora sí, ya sabe la historia, si los compra todos, se convertirá en el asesino de mi padre
—¿Aunque muera en paz?
—El hecho es que morirá
—Está bien, me los llevo todos, aunque sepa que estoy apenadísimo.

Me ha dado todos los pepetoños y me ha regalado también todos los accesorios. En menos de cuatro semanas ya los tenía todos envueltos. Mi hijo se ha puesto tan contento y tantas veces, que se le ha quedado ya para siempre cara de niño simpatiquísimo. Su madre quiere que devuelva los pepetoños (a buenas horas) porque le producen inquietud y porque dice que no quiere tener que cuidarlos ella como ya pasó con las tortugas y aquellos bichitos resbaladizos que trajo un familiar en una caja, pero sin embargo me ha dicho que deje los accesorios en su mesilla que ya los va a ir ordenando para regalárselos a las tías cuando vuelvan a estar enfermas, aunque le llevará su tiempo ordenarlos. Tanta alegría familiar compensa con creces el terrible suceso, a pesar de mi agudo y doloroso sentimiento de culpa.
Por eso me hice inspector de policía, prefiero ser yo el inspector, que soportar la inesperada visita de un inspector que no sea yo, en el momento más inoportuno de mi vida. Además me he asignado el caso y quiero llevarlo en solitario. De esta manera puedo examinar las pruebas relajadamente y sin horarios fijos. Lamentablemente estoy llegando a desarrollar una investigación tan soberbia que no voy a tener más remedio que procesarme y encarcelarme. No hará falta celebrar ningún juicio porque yo, al ser yo, ya sé toda la verdad.

Y la verdad es que el inspector Pepe Toño ya se olía todo cuando penetró en aquél sombrío callejón…