Fran Rubio

INTRODUCCIÓN

¿Qué queremos en realidad? ¿Queremos algo? ¿En qué realidad?


Reconocemos mayoritariamente una realidad física, material, ponderable, sometida constantemente a pruebas de irrefutabilidad, todo ha de ser explicado para después ser olvidado y excretado.


La seguridad. Estar en definitiva tranquilos, que no nos toquen las pelotas, un Universo limitado hasta límites inconcebibles, queremos un espacio reducido para tener la seguridad de no tener a nadie a nuestras espaldas y poder controlar y someter llegado el caso a quienes se hallen delante de nosotros o hacia los lados, pues poseemos la capacidad de girar nuestras cabezas cuneiformes a izquierda y derecha. Queremos que nuestros hijos tengan “la vida solucionada” para lo cual les inventamos dineros empanados y una casa con refugio antinuclear. Ya verás que bien.


Bueno, esto parece que se ha dado por bueno durante tanto tiempo que a casi nadie se le ocurre pensar o ver de otra manera.


Pero habéis de saber que contra todo pronóstico, es posible elevarse en el espacio tirándose de los cordones de los zapatos. Para ello tan solo hay que observar que la fuerza del tirón ha de ser equivalente a cero. Lo que no quiere decir que sea igual a cero. Hay que despejar la espesura para abrirnos paso hasta el valle, aunque también valdría encerrarnos hasta la asfixia y viajar a través de la falta de oxígeno. En cualquiera de los dos casos dejaríamos de quejarnos de lo solitarias que son las tardes de los domingos.

Es posible dejar de soñar para vivir en el sueño. Este primer paso ahorra mucha energía. El paso siguiente es despertar sin más. Solo eso. Y estar un rato callados. Mucho rato quizá. O quizá nada. Nuestros órganos están preparados para percibir otras cosas, otros mundos. Sal al bosque y mira una piedra. Al cabo de un rato la piedra te habla, o tú te hablas a través de la piedra. Pero no nos preguntemos para qué sirve. Así no saldremos jamás de la madriguera de conejos enfermos en que hemos convertido nuestra existencia porque nada sirve para nada. No, desde luego, desde un punto de vista que se eleve como un águila por encima de nuestras cabezas. El ojo del águila. Vivir a ras del suelo ayuda bien poco, pero esto no es excusa para quien quiere salir de la conciencia ordinaria. O que no quiera salir y se queje. La queja es el mayor indicador de que estamos más muertos que vivos. Aunque no muertos del todo. En tierra de nadie, en ninguna parte. Cuerpos errantes escondidos, implorantes y temblorosos.

Pero nada de todo esto existe. Dejó de existir hace muchísimo tiempo. Somos un recuerdo. Recordemos entonces profundamente quienes somos, tiremos de la cuerda y regresemos de nuevo al paraíso que, lejos de ser un sitio, en más bien un estado.